Un viaje al pasado navideño

¡Ya es jueves otra vez! Ay que ver lo rápido que pasan las semanas últimamente… ¡y lo poco que cunden! Pero bueno, vamos al lío, que la segunda entrega de Nanoviajes ya está aquí. La verdad es que hasta hace unos días pensaba publicar unas recomendaciones para esquiar en familia, ahora que parece que el frío ha venido para quedarse. Pero, a raíz del último post que Gen ha publicado en Mangiare a mesa puesta, me he puesto nostálgica y he decidido hablar de un mercado navideño muy importantese para mí. Por supuesto, espero que os sirva de recomendación semanal, pero además quiero animaros a hacer algo distinto en Navidad porque creo que vuestros hijos lo pueden recordar siempre. Al menos es lo que me ha pasado a mí. En este caso como hija.

navidad

Y es que cuando pienso en las Navidades de mi infancia hay dos cosas que se me vienen automáticamente a la memoria: la cabalgata y el roscón de reyes en casa de mis abuelos el día 5 de enero; y la visita al mercado de la Plaza Mayor de Madrid. La primera tradición la mantenemos todavía, aunque sólo con mi abuela porque mi abuelo ya no está, pero la segunda… la mantenemos a medias. Yo sigo yendo cada año con EPDL, pero no seguimos el ritual de entonces…

Todos los años mi madre y mi tía se cogían un día de vacaciones a finales de diciembre para llevarnos, junto a mi abuela, a mi primo, a mi hermano y a mí a Madrid. ¡Y os juro que era la fiesta del año! Por la mañana, prontito, cogíamos el metro para ir hasta la Puerta del Sol. El viaje era ya toda una aventura porque, como vivíamos a las afueras, al centro íbamos más bien poco. Pero es que nada más llegar íbamos directamente al mercadillo navideño de la Plaza Mayor. Recorríamos todos los puestos y, a veces, hasta dábamos más de una vuelta. La verdad es que los adornos para el Belén o el árbol nos daban bastante igual, lo que realmente nos volvían locos eran las bromas. Siempre caía alguna caja de bombas fétidas, varias de bombetas y algún artículo asquerosito como la mosca de plástico para meter en el vaso de mi padre. Las pelucas y los cotillones sorpresa también se llevaban la palma.

Cargados con nuestro botín, poníamos rumbo a la calle Preciados a ver Cortilandia y cantar la mítica canción que he recuperado con mis sobrinos y que muy pronto espero tararear con Adrián. De ahí a tomar una Coca-Cola y unas croquetas de bacalao en Casa Labra y… ¡al KFC! Igual os parece una chorrada, pero era el restaurante favorito de los tres. Así que siempre, siempre, siempre comíamos allí. Hubiera la cola que hubiera. Ahora no voy nunca, pero cuando lo veo me acuerdo de esos momentos en los que ese pollo mega-rebozado me hacía súper feliz.

En fin, que me encantaría que MNB también disfrutara así de un día único en estas fechas. Retomaremos, por tanto, la tradición lo antes posible, aunque la adaptaremos a sus gustos, claro está. Igual nos toca Pans en vez de KFC. ¡Qué se le va a hacer! Lo mejor de todo es que también podrá venir su padre porque es profe y está de vacaciones por esas fechas.

Y vosotras, ¿tenéis alguna tradición navideña-familiar? ¡Contadme!

4 comentarios en “Un viaje al pasado navideño

  1. Que bonito!! te veo quedando con tu hermana/cuñada y llevando a todos los peques juntos y recordar así aquellos momentos. Nuestro ritual era siempre ir a comer el día 6 en casa de los abuelos paternos pero no nos gustaba nada porque suponia dejara de jugar con los juguetes que nos traían los reyes así que de momento esa tradición no la cumplimos 🙂
    Bsss

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