¡Qué yuyu, por Dios!

Se acerca un momento muy «heavy» de mi embarazo. Lo presiento, lo noto, lo sé. Llevo varios meses con el runrún en la cabeza, pero ahora sé que ya no hay vuelta atrás: a las 31 semanas, mi ombligo se está quedando sin recorrido. Y eso sólo puede significar una cosa: en cualquier momento hará «pum» y saldrá para fuera en plan botón o vete a saber tú qué forma rara.

Y yo sé que desde ese momento seré otra persona: más frágil, más débil, más vulnerable. Porque lo del talón de Aquiles es un mito, pero lo del ombligo no. ¡Que nacemos con él abierto! Y se supone que en unas semanas con agüita y mucho mimo cicatriza y se cae solo. JA. Pero vamos a ver… ¡Si yo llevo diez años a ver si se me cierra el agujero de un pendiente y aquí seguimos! Que si hurgo un poco lo abro en un plis-plas… ¿Y me tengo que creer que el ombligo es diferente? ¿Que está totalmente sellado? Me da que no…

Qué yuyu, por Dios.

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