Prueba de la glucosa

Esta mañana he ido a hacerme la famosa prueba de la glucosa. He llegado a las siete y media y la sala de espera para las extracciones estaba hasta arriba, así que me he puesto a la cola para coger el numerito. Muchas éramos embarazadas y, a pesar de las miradas asesinas de la gente que se había agolpado al lado del mostrador, una enfermera muy maja ha dicho que las de las «curvas» (nunca mejor dicho) pasáramos las primeras. Y así, entre triunfal y avergonzada, he atravesado la marabunta de señores y señoras para conseguir el 011 y entregar mi botecillo con pis.

Ha venido mi madre a acompañarme porque es muy maja las dos últimas veces me he mareado un poco. Bueno, una vez un mucho… que me sacaron en silla de ruedas y me gritaron en plan peliculero «háblame, no te duermas, no te vayas a dormir». Así que la mujer (mi madre), que lo vio todo, cuando he entrado se ha quedado en la retaguardia por si oía cualquier cosa rara y tenía que intervenir. Pero no, esa primera vez no me han pinchado. Me han dado una botellita naranja con un líquido asqueroso muy empalagoso que tenía que tomarme en menos de cinco minutos. Y, después, esperar una hora justa y volver para que (esta vez sí) me pincharan.

¡Mae mía, qué mal me ha sentado el liquidillo ése! No está rico, ni mucho menos, pero se puede tomar… El problema ha venido a los pocos minutos de terminar la botella, que me han entrado unos calores, unos mareos y unas ganas de vomitar que pa’ qué… Pero, bueno, lo importante es que he aguantado (un hurra para la campeona) y que no me han tenido que repetir la prueba, que implicaba beber otra botellita igual.

Después, he vuelto con la enfermera y me han hecho los análisis sin ningún problema, ni espectáculos en plan Urgencias. Los resultados los sabré el próximo día 26, si no me llaman antes para decirme que algo está regular. Alea jacta est.

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