Preparación al parto: clase II

Yo no sé si es que soy muy aprensiva o que las clases de preparación al parto las han creado para asustar al personal, pero salí de la segunda sesión con más miedo que vergüenza. Todavía con la imagen del úztero colgando de mi vagina y la del pañal con braga-faja a los cincuenta, empezamos a hablar del temido parto. Según dijo la Barbie matrona, «esta primera sesión es la light, ya la semana que viene nos meteremos en faena», pero yo os juro que salí con un tembleque que todavía hoy me dura.

Al principio la buena mujer nos avisó de que no se trata de plantarte en el hospital a la primera contracción en plan loca de la colina, así que nos dio unas pautas para saber cuándo realmente estás de parto: romper la bolsa o tener contracciones regulares cada cinco minutos durante una hora (nota mental: comprar un Casio de toda la vida con cronómetro para medir bien los tiempos). También nos habló del tapón mucoso, pero insistió en que si se desprende más tarde de la semana 37 no se le debe dar mucha importancia porque es algo de lo más normal.

Luego dijo que la media del parto de una primeriza varía entre las doce y las dieciséis horas, lo que hizo saltar las alarmas en la cabecita del papá, que ya me ha avisado de que nosotros llevaremos tres bolsas al hospital: la del bebé, la mía y la suya, llena de comida y bebida para subsistir. No, no es un ansioso, ni un exagerado; es diabético y, la verdad, yo (que sí soy un poco exagerada) ya había previsto meter un arsenal de glucosa en mi mochilita. No vaya a ser que tengamos que hacer frente a un parto y a un bajón a la vez. Más agobios no, gracias.

Bueno, poco a poco la clase fue avanzando y llegamos al quid de la cuestión: la respiración, mi nueva obsesión rutinaria, que se une a la de fortalecer el suelo pélvico en cualquier momento y lugar (a este paso me tengo que pedir la baja anticipadamente para cumplir con todas las tareas). Para empezar, descubrí que soy rara hasta para respirar. Que todo el mundo tiene una respiración torácica… pues yo abdominal. ¡Será por llevar la contraria!

En fin, que hay que respirar despacito, primero con la tripa y después con el tórax, que suena fácil pero con los nervios y el dolor de las contracciones no lo veo yo del todo claro. Por si acaso piensas ir de malamadre desde el principio y respirar como buenamente puedas en esos momentos, la abusona de la matrona te advierte: «si no lo haces de esta manera, no te oxigenas tú y tampoco tu bebé, así que es muy posible que pongas en peligro su bienestar fetal». Hala. Y prosigue: «pero no os pongáis nerviosas, chicas, que es muy fácil. Y si no estáis relajadas, respiráis muy rápido, vuestro cuello del útero se cierra y os tienen que hacer una cesárea».

Pero… quién me manda…

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