Lo que he aprendido en una semana de virus

Pues sí, después de cuatro semanas en la guardería ya están aquí los temidos virus. Al padre de la criatura y a mí nos atacaron hace ya una semanita, pero mi niño bonito estaba aguantando el tipo como un jabato. Hasta el jueves, cuando pude comprobar por primera vez en estos trece meses que lo que cuentan de los vómitos de los bebés es verdad: salen a propulsión y siempre te caen encima. En nuestro caso, además, llegaron de madrugada y con el pequeño en nuestra cama. Un cuadro, vamos. Si a todo eso le sumas que yo tenía más de treinta y ocho de fiebre… ¡apaga y vámonos!

El jueves, después de una noche toledana que iba a inaugurar la peor racha de nuestra historia (y mira que nuestra historial sueñil es jodida), amaneció contento y feliz, pero fue probar el desayuno y… todo para fuera. Yo no podía ni cogerle en brazos de lo floja que estaba y el padre de la criatura tenía que irse a trabajar… Mi madre no sólo es que esté pasando por una racha de salud delicadísima, sino que encima tenía que ir al médico y necesitaba que yo la llevara, puesto que la medicación que está tomando le impide conducir. Uf, qué estrés.

¿Llevar al niño malo al hospital? ¿Dejar a mi madre tirada cuando NECESITA ir al médico? ¿Qué hacer? Al final, todo se solucionó cuando mis suegros me dijeron que podían quedarse con él ese rato. Lo que no contaba es que yo iba a ir a recogerle hecha un burruño y que además de cuidarle a él, que estuvo jugando todo el tiempo tan pancho, tendrían que cuidarme a mí también (benditos suegros). Me eché en una cama y DORMÍ sin interrupciones como unos tres cuartos de hora. ¡Madre mía qué tres cuartos de hora más reparadores! Ni fiebre tenía al despertar.

A partir de ese día Adrián ha seguido pachucho y yo con dolor de oídos y de garganta. Las noches continúan siendo horribles, con despertartes constantes cada 15-20 minutos, con suerte cada media hora, pero… algo ha cambiado. Mi hombre y yo, después de trece meses aguantando el tipo, hemos aprendido que:

1. Lo importante es dormir. Donde sea, cuando sea y con quien sea. Vamos, que a veces nos turnaremos en el sofá y si hace falta nos echaremos la siesta en dos horarios. Hemos pactado que él se levanta más pronto los fines de semana y yo recupero lo que puedo, pero que luego en la siesta me ocupo yo. Y hasta estamos mirando para ponerle la cama a Adrián en su habitación ya para, si no duerme él, irnos uno de nosotros. No es muy romántico, pero hay que dormir.

2. A veces hay que dejarse ayudar. Mucha gente pensará que lo de que dormimos tan mal es una exageración, que seguro que no es para tanto… De verdad, lo es. Es horrible y cuando llevas tanto tiempo sin unir unas cuantas horas seguidas, te desesperas. Como vemos que esto no tiene pinta de solucionarse en poco tiempo (vamos, lo de los 20 minutos espero que pase pronto y volvamos a la hora y media que nos tenía acostumbrados, que hoy por hoy me parece una bendición), vamos a cambiar de estrategia. Los fines de semana, cuando vamos a comer donde los padres de mi marido o donde mi madre, muchas veces nos dicen echaros un rato y ya si se despierta nos ocupamos nosotros… y normalmente decimos que no, que da igual, que tal y que Pascual. A partir de ahora diremos: sí, muchas gracias. Y a recuperar las fuerzas ese ratito.

3. Cuanto antes asumamos la situación, mejor. Esto me lo dijo una amiga mamá el otro día y tiene toda la razón. Duerme mal, rematadamente mal. Es así y punto. Como que es tímido o que tiene los ojos grandes. No hay más vuelta de tuerca. Puedo probar a cambiar las cenas o a darle menos agua por la noche para ver si duerme más tranquilo, pero mejor que no espere un cambio radical.

En fin, que ha llegado un momento en el que vamos a dejar totalmente de lado las teorías para lanzarnos a las cosas prácticas: descansar cada vez que podamos y necesitemos. Por suerte la naturaleza es sabia y si antes necesitaba dormir ocho horas para rendir en condiciones ahora necesito la cuarta parte, así que seguro que notamos la mejoría pronto. Hay que ver todo lo que se aprende de una gastronteritis y una fiebre.

¿Y vosotr@s? ¿Habéis pasado por algo similar? ¿Cómo encaráis la falta de sueño? ¿Os dejáis ayudar? ¿Establecéis turnos en la pareja?

Un abrazo

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