Envidia cochina

Soy una envidiosa, ésa es la verdad… Este fin de semana ha nacido el hijo de una amiga (bueno, de la amiga de una amiga) con la que llevo tiempo hablando por eso de que el embarazo une y porque ella ya tiene un churumbel (ahora dos) y, ya se sabe, la experiencia es un grado.

Pues bien… estoy muerta de envidia. Y no, no lo puedo evitar… ¿Por qué no me puse al tema antes? A ver, ¿por qué? Ahora ya tendría a una bolita de pelo (no sé cómo será, pero viendo al padre tendrá pelo) y no esta mala uva porque todavía me quedan tres meses, enteritos, de espera. Tres: uno, dos y tres. Que ahora mismo me parecen una eternidad.

Y ella ahí con su bebé, tan mono, tan rico, tan guapo, tan comilón… Vale, que yo aún no le he visto, pero por lo que cuentan y las fotos que hacen los móviles hoy en día pues me hago perfectamente a la idea: es taaan bonito.

Y encima esta mañana me dice la madre que vaya a verle cuando quiera, que además tenemos pendiente una clase introductoria sobre lactancia materna (mira, esto es un niño, mira esto es una teta, así para empezar). Creo que desconoce la faceta psicópata que se ha apoderado de mí en estos últimos meses y no sabe nada de esa voz que se ha metido en mi cabeza para decirme a todas horas: ¡llévatelo, llévatelo!

Ay, qué mala es la envidia. ¡Y la impaciencia!

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